Redes poco selectivas.

Redes poco selectivas.

Hay que pensar dos veces antes de embarcarse”, dice Víctor, mirando de reojo. Hay un riesgo alto de no conseguir pesca. Salir es un “gastadero de plata”, por el consumo de combustible. Víctor y Roberto sostienen que el pescado no llega “a entrar” a la costa, y lo atribuyen al uso de redes de arrastre que hace el 79% de la industria pesquera nacional. “Las parejas de barcos abren una red gigante y, como en un embudo, atrapan todo el pescado que entra: chico, mediano y grande. El chico, que todavía no desovó, queda aplastado en las redes y luego lo devuelven al mar sin vida. Las redes aran el piso y rompen los comederos”, explica, resignado, Roberto. La doctora Graciela Fabiano, grado 3 del Departamento de Ciencias del Mar del Instituto de Investigaciones Pesqueras, concuerda en que la red de arrastre es una de las razones por las que disminuyen las poblaciones de peces. “Estas redes modifican el fondo, y a las especies que no se capturan se les quita el alimento (que está en el fondo) por lo que se perturba el equilibrio trófico de las distintas especies”. Vestida con túnica blanca y rodeada de frascos con formol, esqueletos, libros y carteles indicadores de distintos tipos de peces, afirma que esta forma de pesca afecta el ecosistema. “Es poco selectiva: captura la especie que se busca pero también las del entorno. Tiene dificultades en la selección del tamaño, y el descarte es casi un 50% de lo que se retiene en bodegas”. Las redes de arrastre, la contaminación y el cambio climático intervienen en el difícil equilibrio entre lo que recomienda la investigación biológica y lo que demanda la realidad económica.

Peces para hoy y para mañana.

En el fondo de una larga habitación, el director general de la DINARA, Daniel Montiel, opina, sentado en su escritorio cubierto de papeles, que la sustitución de las redes de arrastre por otras tecnologías más amigables con el medio ambiente debe ser un cambio paulatino y sistemático. “Por el impacto social y económico que provocaría, no se decreta”. Es que la industria pesquera nacional proporciona trabajo directo a más de 3.000 personas. Para cuidar los recursos pesqueros, la DINARA implementó una serie de medidas de conservación y preservación, como establecer zonas de veda por un período determinado, para asegurar la reproducción y alimentación de las especies. El año pasado se extendió la franja de contención de cinco a siete millas de la costa. Allí la flota industrial no puede ingresar, y se realiza un monitoreo satelital de los barcos pesqueros para vigilar y controlar las zonas de pesca. La DINARA, además, estudia el impacto de la pesca en el entorno a través de los Fondos Globales para la Conservación del Medio Ambiente. Entre los cometidos que tiene está el de investigar, para la explotación, las condiciones de los lobos marinos que, como también reconoce Montiel, “deben ser el enemigo número uno de los pescadores artesanales”. Para ello se seleccionaron tres áreas geográficas: Punta del Diablo, Santa Lucía y Pajas Blancas, y se intentará establecer los parámetros de explotación de los recursos pesqueros desde una visión ecosistémica, junto con los pescadores y las instituciones locales. “Con los resultados científicos y técnicos, Uruguay debería ir a los organismos internacionales correspondientes para exigir una devolución del impacto, ya que si está establecido que los lobos marinos deben ser motivo de conservación para la humanidad, entonces se debería resarcir tecnológica o económicamente a quienes se ven afectados. ¿Quién repara la red que rompe el lobo? ¿Quién devuelve el pescado que se come?”, cuestiona enérgico el director de la DINARA.

Los lobos marinos dañan las artes de pesca y comen las capturas, mientras los recursos pesqueros de los mares están sobreexplotados; los peces emigran de una frontera a otra y “las medidas de conservación de un país no repercuten en beneficio del recurso, porque el Estado vecino no implementa conductas responsables”, asevera Montiel, sentado delante del clásico cuadro de Artigas con el uniforme de blandengue. Uruguay comparte la explotación de los recursos pesqueros con Argentina y, en menor proporción, con Brasil.

La sobreexplotación desequilibró la relación entre la pesca y el medio ambiente. “No soy ecologista, creo que la naturaleza está para que el hombre la utilice de forma razonable. Creo que hay que seguir pescando con responsabilidad. La avaricia del sistema capitalista es depredadora, no sólo con la pesca sino también con los mecanismos de comercialización”, sentencia el director de la DINARA mientras sacude el termo para comprobar si queda agua.

Lobos de mar banqueanos.

Los trasmallos cuelgan de ganchos en un galpón del puerto del Buceo. Roberto y Víctor los preparan para llevarlos a la zafra de corvina en Punta Colorada. Esperan capturar más pescado; este invierno consiguieron muy poco en la zafra de pescadilla del Buceo. En esa época invernal, los pescadores que navegan de puerto en puerto en busca del pescado, embarcados en las chalanas y armados con palangre y trasmallos, vuelven a ocupar los ranchos de adoquín pintado de blanco con techo de chapa del puertito. En el año, sólo tres familias viven de la pesca en los 10 ranchos ocupados, y únicamente Roberto, alias “el Negro”, abastece el mercado de enfrente, que en las últimas décadas disminuyó sus ventas por la competencia del supermercado y el escaso consumo de pescado en el país. El Instituto Nacional de Estadística (INE) estima que el consumo anual es de 6,74 kilos per cápita, y a nivel mundial, el consumo promedio es de 13 kilos; en España, de 30 kilos y en Japón, de 50.

A pesar de lo poco que los uruguayos se alimentan de las riquezas del mar, las 675 chalanas del país siguen embarcándose y recorriendo la costa. Sólo el estado del tiempo y del mar las condicionan; para los pescadores no existen feriados ni licencias.

Roberto, que empezó a pescar a los 12 años en una barca de su hermano mayor, se lamenta de la contaminación de las costas, “llenas de bolsas y botellas”, al igual que se queja de los lobos de mar. “No se puede dejar las redes caladas porque los lobos comen los peces. Cuando salimos del puerto nos están esperando para acompañarnos. Ya te “junan”, son baqueanos; al levantar una red rompen la otra y comen los pescados. Si la chalana va sola puede estar rodeada de 10 lobos”, sostiene Roberto, ya sin esperanzas de cambiar de oficio, porque en sus casi 60 años, afirma: “Es lo que sé hacer”. Nelson es uno de los pescadores tradicionales del Buceo. Creció en el puertito, en una familia de pescadores, y luego de vivir “afuera” -en la ciudad- por un tiempo, volvió a instalarse en los ranchos, hace ya más de 25 años. Sentado en una silla de plástico a la entrada de su casa -una habitación con una cama, televisor y radio- cuenta que los lobos son una “plaga” que comen la captura y rompen las redes. “A veces estoy en la proa y se me caen las lágrimas porque yo, y los que trabajan conmigo, vivimos de la pesca. No me da vergüenza decir que se me caen las lágrimas, porque estoy indefenso. Para reponer las redes tengo que pedir fiado y pagarlas de a poco”. Tres de sus cinco hijos viven de la pesca. El mayor ya partió con las dos barcas a la zafra en Costa Azul. Nelson viaja en estos días, y ambos se quedan hasta mediados de febrero. “Allá hay que pagar alquiler y es más caro el tractor para meter las barcas en el agua, pero acá no hay con qué subsistir”. La disputa entre el lobo marino y el pescador artesanal es directa. Hay pescadores que los lastiman, arponean y balean para ahuyentarlos de las áreas donde calan sus artes de pesca, y los lobos se surten del alimento de las redes como si fuera un restaurante. “Hay más competencia porque cada vez hay menos disponibilidad de alimento”, afirma el Jefe del Departamento de Mamíferos Marinos de la Dinara, Alberto De León. Existen dos especies de lobos marinos en el país: el lobo fino o lobo de dos pelos y el león marino o lobo de un pelo. “El león marino es el que interactúa en la costa con los pescadores artesanales y se alimenta de corvina, pescadilla, brótola y pequeños tiburones. Su población, que disminuye cada año un 3% aproximadamente, oscila entre los 10.000 los 12.000 ejemplares”, sostiene De León. Hay 400.000 lobos finos; comen en aguas más profundas y se alimentan de especies distintas a las que procuran los pescadores artesanales. En Uruguay se faenaron sólo lobos finos hasta 1991, cuando se cerró el servicio descentralizado de ILPE (Industria Lobera y Pesquera del Estado), estipulado en la Ley de Reformas de Empresas del Estado.

Las cifras en Uruguay y en el mundo

La merluza común, la corvina, el calamar y la pescadilla de calada, representan en los últimos seis años alrededor del 70% del total de toneladas desembarcadas por la industria pesquera uruguaya. En la pesca artesanal, la corvina es la principal especie desembarcada, aunque desde 2003 disminuye significativamente en toneladas capturadas.

Según el Anuario 2007 de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (DINARA), la industria desembarcó entre 96% y 98,5% del total de toneladas durante entre 2002 y 2007.

En los últimos cuatro años, las exportaciones de productos del mar crecieron un 69%. Desde la década de 1970 esa cifra viene aumentando con pequeñas oscilaciones, según el Anuario 2007 de la DINARA. El año pasado se exportaron 113.622 toneladas de productos del mar, y los destinos principales fueron Brasil, Italia, Nigeria, España y China.

Casi una tercera parte de las reservas de peces del mundo están sobreexplotadas, y el Océano Atlántico es el más afectado. En el Pacífico del sur el atún rojo casi ha desaparecido y en el noroeste, que es el área pesquera más productiva del mundo, disminuyeron las capturas un 3% desde 1998. El atún rojo, el pez espada y 12 especies de tiburones están entre las especies en peligro de extinción. Sobreexplotación. Es una de las principales causas de la disminución de la pesca, aunque ahora hay más control.  Fuente: Mariana Scasso- EL PAÍS

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