Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Jabones, champú y pasta de dientes en los oceanos.

04/04/2019

Debemos reflexionar que productos de jabones, champú y pasta de dientes usamos en casá.
La revista Environmental Science and Technology  publicó un artículo firmado por científicos de siete universidad e instituciones de Estados Unidos en el que defendían la prohibición y uso de microesferas de plástico, en productos de uso cotidiano como la pasta de dientes y los exfoliantes, a causa de los graves problemas ambientales que generaban sus residuos. El equipo encabezado por Chelsea Rochman, de la Society for Conservation Biology sostienen también su prohibición alegando que “es la mejor manera de proteger la calidad del agua, la vida silvestre y los recursos naturales”. “Nos enfrentamos a una crisis ambiental a causa de los residuos de plásticos sin ser conscientes de que el problema puede empezar con el simple hecho de cepillarse los dientes”, afirma la coautora del estudio Stephanie Green, de la Facultad de Ciencias de la Universidad Estatal de Oregón. “Hemos demostrado en diversos estudios que los microplásticos de tamaño y forma similar a las microesferas de algunas pastas dentífricas pueden transferir contaminantes a los animales y causar efectos tóxicos”, indicó Chelsea Rochman.
Otro studio de las aguas del lago Erie, al norte de Estados Unidos, lanzó un preocupante resultado: las muestras tení­an una gran cantidad de partí­culas microscópicas de plástico. Eran microplásticos, trozos de plástico de menos de 1mm hay científicos que consideran todos aquellos menores de 5mm, que se han convertido en un importante problema de contaminación porque no pueden ser eliminados en los procesos de tratamientos de agua utilizados normalmente.
Pero ¿ de dónde salen estos microplásticos? La mayorí­a de nuestros baños, de cientos de productos cosméticos que utilizamos cada dí­a y cuyos restos desechamos a través del desagí¼e. Los más problemáticos son los productos abrasivos como limpiadores faciales, jabones, champú y pasta de dientes, que han cambiado los componentes naturales exfoliantes por plásticos debido a su menor precio. En algunos productos se etiquetan como microperlas, aunque en la lista de ingredientes aparecen generalmente como “polietileno” o “polipropileno”.
Estas partí­culas son especialmente problemáticas en el medio marino, donde pueden ser fácilmente confundidas con comida por ciertas especies. Aún se sabe poco de los efectos que pueden tener estos microplásticos en la cadena alimentaria y si la contaminación puede llegar a etapas elevadas de la cadena, como los peces que consumimos, y afectar, por tanto, de forma directa al ser humano. Se cree sin embargo que estos microplásticos pueden dañar el sistema endocrino de las especies que los ingieren, incluidos los humanos. Así­, por ejemplo, el estudio Invisible plastic particles in seawater damaging to sea animals. (ScienceDaily), elaborado por la Universidad danesa de Wageningen encontró que los mejillones que estaban expuestos a estas partí­culas comen menos y que, por tanto, crecen menos.
La Campaña Mundial contra las Microperlas en Cosmética ha lanzado una aplicación para identificar si los productos que utilizamos utilizan microplásticos. Según la misma campaña, varias empresas han reaccionado ya a las crí­ticas y han anunciado que abandonarán este compuesto.

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El Sistema Nacional de Investigadores (SNI) cumplió diez años.

04/04/2019

El Sistema Nacional de Investigadores (SNI) cumplió diez años.
Investigadores e integrantes del sistema científico, reunidos en el auditorio de Facultad de Ingeniería, celebraron la primera década del SNI y reflexionaron sobre los próximos diez años.

Creado en 2007 para “fortalecer y expandir la comunidad científica”, “identificar, evaluar periódicamente y categorizar a todos los investigadores que realicen actividades de investigación”, y “establecer un sistema de apoyos económicos que estimule la dedicación a la producción de conocimientos en todas las áreas”, el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) realizó, por medio de la también recientemente creada Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), su primer llamado a aspirantes en 2008. Los investigadores que ganaron aquella convocatoria fueron notificados el 1° de marzo de 2009. Diez años y un mes luego de aquella instancia, el SNI llevó a cabo un evento en el edificio polifuncional José Luis Massera de la Facultad de Ingeniería para celebrar su primera década de vida.

El SNI cuenta hoy con 1.825 investigadores en seis áreas: Ciencias Exactas y Naturales, Ciencias Médicas y de la Salud Humana, Ciencias Agro-Veterinarias, Humanidades, Ciencias Sociales, e Ingeniería y Tecnología. Estos investigadores son categorizados, es decir, colocados en tres niveles distintos, de acuerdo a criterios que reconocen su formación, su producción científico-tecnológica, la formación de recursos humanos, el impacto regional e internacional de sus investigaciones, entre otros.
Un poco de memoria

Tras un video que resumió los principales logros del SNI en su primera década de vida, tomó la palabra Rafael Radi, investigador del área de la biomedicina, presidente de la Academia Nacional de Ciencias del Uruguay e integrante de la Comisión Honoraria del SNI junto a Nora Altier, Gerardo Caetano, Fernando Paganini y Fernando Silveira. Como es difícil planificar hacia dónde ir sin saber de dónde se viene, Radi aprovechó para hacer un repaso por la historia que llevó a la concreción del SNI, enumerando alguno de sus logros y planteando desafíos para los próxima década “en la perspectiva de la profundización de un modelo de desarrollo del país que incorpora más intensa y sistemáticamente el rol de la ciencia y la tecnología como motores del desarrollo en áreas de la producción, salud, sociales, culturales y ambientales”.

Radi recordó que “el SNI representa un instrumento para la promoción del desarrollo de actividades de ciencia y tecnología y ha permitido identificar en forma precisa el capital humano existente en todas las áreas del conocimiento”, lo que también fue relevante para “reconocer carencias en el desarrollo de ciertas subáreas” y, por tanto, “promover su avance” . Como bien sabe Radi, que es doctor en Biología y Medicina, nada surge por generación espontánea, y el SNI no fue una excepción. El investigador recordó que si bien “en tiempos tan cercanos como 2007 y 2008 no existía el SNI, durante esos años se vivió una etapa fermental de construcción institucional en relación al desarrollo de la ciencia y tecnología en el país”. “El SNI tiene un antecedente inmediato insoslayable, el Fondo Nacional de Investigadores [FNI]”, sostuvo, y reconoció que “en muchos períodos de los últimos 30 años” la política de Estado de promoción del desarrollo del sistema científico-tecnológico nacional “fue de baja intensidad, y en ese contexto el SNI se constituye ciertamente como un punto alto y decisivo del proceso”.

Desde el estrado del auditorio, Radi contó que el FNI surgió en 1996, cuando el físico Rodolfo Gambini y el matemático Mario Wschebor, con “la ayuda de legisladores de distintos partidos”, lograron que se incluyera un artículo para su creación en la ley de presupuesto. El fondo no contó con recursos hasta 1998, cuando una carta que tuvo “gran repercusión en los medios” contribuyó a que el entonces presidente Julio María Sanguinetti se decidiera a darle dinero. En 1999 el país tenía 153 investigadores abarcados por el fondo que fueron seleccionados entre 702 aspirantes. Debido a la crisis económica de los 2000, el fondo no hizo más llamados hasta 2004, cuando se designaron 240 investigadores.

Como la demanda insatisfecha era tan grande, “en 2005 el Comité de Selección del FNI envió una carta al Equipo Operativo del Gabinete Interministerial de la Innovación”, que dio inicio al proceso que llevaría a la creación del Sistema Nacional de Investigadores, aprobada el 31 de agosto de 2007 y que se reglamentó en julio de 2008. Ese mismo año se abrió el primer llamado, que, como repasó Radi, llevó a que el 1° de marzo de 2009 se resolviera el ingreso de los primeros 1.101 investigadores al sistema. Radi destacó algunos valores de SNI como el “respeto a todas las áreas del conocimiento y de sus formas de producción”, la “valoración de los aportes científicos y tecnológicos”, así como la “independencia académica del sistema”. También expresó, en nombre de la Comisión Honoraria que integra, la “satisfacción por la situación actual del SNI, en el entendido de que se ha cumplido con los objetivos indicados por la ley de creación”, pero aclaró que como no son “autocomplacientes”, son conscientes de que tienen “aún muchas tareas para encarar”.

En ese sentido, el ingeniero Jorge Moleri, integrante del directorio de la ANII que tomó la palabra luego de Radi, señaló que en “ este año tan particular tenemos muchas responsabilidades”, entre las que señaló las de “aunar esfuerzos, cultivar la confianza y trabajar cada día para transmitir y demostrar a quienes tendrán la responsabilidad de conducir el país que la investigación debe ser una prioridad en el próximo gobierno”. Moleri enfatizó que “Uruguay necesita imperiosamente un shock de inversión en investigación y también necesita un shock de inversión en innovación”. Y nuevamente la perspectiva histórica se puso de manifiesto para comprender el rumbo a tomar: “Todo lo que hemos avanzado nos permite distinguir hoy lo que aún nos falta por hacer” concluyó.
Hacia un país más hospitalario

Luego llegó el turno de una mesa de intercambio integrada por investigadores del SNI, formada por Mariela Bianco (Facultad de Agronomía, Comisión Sectorial de Investigación Científica), Ana Meikle (Facultad de Veterinaria), Eduardo Manta (químico y secretario nacional de Ciencia y Tecnología), Daniel Perciante (ingeniero y vicerrector de Investigación e Innovación de la Universidad Católica del Uruguay) y el propio Rafael Radi. Allí se compartieron puntos de vista sobre desafíos, principales logros y cuestiones que afectan a la ciencia en nuestro país, como la brecha de género, la necesidad de insertar investigadores fuera del ámbito académico y la responsabilidad de los investigadores en aportar a la resolución de los problemas del país.

Tras el panel de investigadores, el evento culminó con unas reflexivas palabras del físico teórico Rodolfo Gambini. “Del mismo modo que en su momento lo hiciera el Programa para Desarrollo de las Ciencias Básicas, el Sistema Nacional de Investigadores ha favorecido la consolidación de una comunidad científica con fuerte sentido de pertenencia y compromiso con el país”, comenzó diciendo el físico. Dado que Radi había hecho un pormenorizado recorrido por el proceso que terminó en la creación del SNI, Gambini prefirió hablar entonces de lo que queda por delante, que para él es mucho: “Uruguay sigue ocupando lugares secundarios en inversión en ciencia, tecnología e innovación a nivel regional y mundial; nuestro grado de desarrollo científico es aún desparejo y en muchas disciplinas tenemos carencias en orientaciones de vital importancia”.

Gambini fue elocuente sobre una de las principales carencias de nuestro sistema científico: “Si bien hay cada vez más jóvenes con vocaciones científicas, se ven desmotivados por la falta de oportunidades laborales”. El hecho es llamativo, porque como dijo el académico, “las necesidades crecientes del país en materia científica para transformar su matriz productiva, enfrentar desafíos sanitarios, aprovechar sus recursos naturales protegiendo al ambiente y atender de modo racional y planificado las urgencias sociales no se traducen en una demanda sistemática de conocimientos desde el estado o el sector privado”. También expresó que “los incentivos otorgados por el SNI son muy reducidos” y señaló que deben mejorar “para contribuir a la consolidación de nuestra comunidad científica”, ya que “sin perspectivas de futuro adecuadas, las opciones científicas seguirán siendo poco atractivas”.

Para que las cosas no quedaran en el aire, Gambini puso un ejemplo concreto: “En algunas áreas con gran tradición y mayor desarrollo, como la biología, que es hoy tan atractiva y tiene tanto potencial por sus múltiples aplicaciones, la carencia de salidas laborales suficientes desestimula a muchos jóvenes con vocaciones científicas”. Como también hay investigadores jóvenes con formación excelente, “aún teniendo doctorados” que “se eternizan en cargos docentes de iniciación”, Gambini sugirió que “se debería considerar la posibilidad de incorporar estímulos adicionales” para quienes están en esa situación, “tal vez mediante la creación de una carrera del joven investigador” en el SNI.

De todas maneras, para el físico “se requiere el fortalecimiento de instrumentos y la creación de instituciones de investigación con participación del gobierno por medio de las nuevas Secretarías de Transformación Productiva y Competitividad y de Ciencia y Tecnología que promuevan la calidad de nuestra ciencia básica y aplicada”. Hablando de la institucionalidad de la ciencia, dijo que pese a “avances importantes que se han concretado recientemente, seguimos teniendo una gobernanza con fuertes ambigüedades y contradicciones en los roles y funciones de sus componentes”. Para quienes gusten de leer entre líneas, Gambini fue claro como agua de glaciar: “Es necesario seguir avanzando para tener un sistema científico integrado, con clara definición de las competencias, lineamientos políticos explícitamente definidos y promovidos desde el Poder Ejecutivo, con el debido asesoramiento académico, y con la ANII como una de sus unidades ejecutoras”.

Demostrando que la física se combina bien con la filosofía, Gambini dijo que vivimos “en una época de opiniones irreflexivas y simplistas y decisiones apresuradas” en la que los investigadores tienen un papel para que “el nivel y las formas de discusión se hagan más objetivos y productivos, tratando con seriedad y racionalidad los principales problemas nacionales”. El físico lamentó que “en tiempos de la revolución digital y del acceso masivo a la información, de notables progresos de las ciencias de la salud, del impacto de la acción humana sobre el planeta y de sus graves consecuencias ambientales, en nuestro país se sigue prestando poca atención a la ciencia”. También señaló con pesar que “se manifiesta preocupación por la pérdida de puestos de trabajo, se aspira a un mayor crecimiento económico, se expresa preocupación por la protección del ambiente, se reclaman mayores prestaciones en salud, pero pocas veces se relacionan estas aspiraciones con la ciencia y, cuando se hace, no se pasa de un nivel meramente declarativo”.

“Debemos trabajar para que se invierta más en ciencia, pero también hay que procurar que esta sea mejor entendida, y que se la perciba como herramienta indispensable para dar respuesta a los múltiples desafíos de nuestro tiempo”, dijo hacia el final de su intervención, dejando claro que la ciencia no puede estar ajena a la política y que no todo el problema se limita al dinero invertido. De hecho, llamó a los investigadores y académicos a “tomar la iniciativa” para contribuir “a mejorar los niveles de educación, impulsando actividades y programas que permitan difundir los avances recientes de las ciencias”, a trabajar “por el abordaje científico de los problemas” y a plantear “estrategias para incorporar la ciencia a los diversos aspectos de la vida nacional”.

Ante todos los presentes concluyó que “el Sistema Nacional de Investigadores no es un fin en sí mismo” y recordó que “las naciones científicamente más desarrolladas rara vez tienen instituciones de este tipo”. Sin embargo, recalcó que en países como el nuestro “es un medio particularmente idóneo para que, en un futuro no muy lejano, la practica científica sea demandada, aprovechada y remunerada como corresponde”. La sala se llenó de aplausos.
Fuente: La Diaria. Leo Lagos

¿Qué rol cumplen los microorganismos en la Antártida?

27/03/2019

La investigadora Susana Castro Sowinski, de la Facultad de Ciencias, edita y coordina libro internacional sobre el rol de los microorganismos en la Antártida.

Una de las megaeditoriales científicas del mundo es Springer, empresa que edita la prestigiosa revista Nature. Hace escasos días, en su colección Springer Polar Sciences, dedicada a “la investigación en el Ártico, regiones subárticas y a la Antártida”, la editorial publicó el libro electrónico El rol de los microorganismos en el ambiente antártico. Interesante de por sí, contiene un atractivo especial: su coordinadora y editora es la docente e investigadora de la sección Bioquímica y Biología Molecular de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar), Susana Castro Sowinski.

El hecho no es sorprendente: dado que todos los países que tienen bases en la Antártida están obligados a desarrollar investigación científica –aunque la mayoría son gestionadas por militares, son bases científicas–, en la última década Uruguay incrementó su actividad de investigación en la Base Antártica Científica Artigas, en consonancia con el crecimiento del sistema científico. Si bien Castro hace años que hace investigación antártica, la publicación de este libro sirve para dejar en evidencia que en el país no sólo hay investigadores con sus ojos e instrumentos apostados en el continente blanco, sino también que la comunidad científica mundial mira a esos investigadores. Una vez más, la frase de Clemente Estable entra en juego: “Con ciencia grande no hay país pequeño”.

Una invitación a colaborar

Castro cuenta que todo comenzó cuando Springer la invitó a colaborar, junto con otros investigadores, en una serie de libros. El proyecto fue cambiando hasta que le propusieron publicar en Polar Science, “porque se ajustaba más a esta otra serie de libros”. Como en el continente antártico se promueve la colaboración científica, Castro de inmediato supo que el libro debía reflejar esa realidad. “Presenté un proyecto que fue aceptado, en el que contribuyeron investigadores de todos los continentes”, dice. El trabajo no fue sencillo y le llevó aproximadamente un año. Debió leer y editar cada uno de los capítulos, “algo que no es tan simple, sobre todo cuando el libro se publica en inglés y se debe asegurar un mínimo de calidad en el idioma, además de la calidad y actualización de la información, y de la presentación de esquemas que sean útiles no sólo con fines académicos, sino también con fines didácticos”. Es que el libro no está pensado sólo para otros investigadores: “La idea es que los capítulos sean también útiles para los docentes que enseñan temas relacionados con la temática del libro”, afirma.

Con respecto a la temática del libro, Castro afirma que “trata sobre el papel que cumplen los microorganismos en los ambientes antárticos” y señala que también estuvo detrás para que tuviera “fotos inéditas y muy lindas sobre los ambientes antárticos”. De todas formas, Castro, que escribió en colaboración uno de los capítulos, rechaza el protagonismo: “Mi mayor contribución es de gestión y gerenciamiento, pero la parte importante es la contribución que hacen los diferentes investigadores. Entre los investigadores uruguayos que contribuyeron con capítulos hay grupos de la Facultad de Ciencias, la Facultad de Química y el Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable [IIBCE]”.

“La Antártida, oficialmente un desierto y técnicamente la mayor reserva de agua potable, es el lugar más árido del mundo, con muy baja humedad y temperatura, y vientos y radiación UV fuertes”, comienza diciendo Castro en el prefacio del libro. Sin embargo –y de lo contrario no habría libro al que hacerle el prefacio–, la investigadora enseguida aclara: “A pesar de las duras condiciones ambientales encontradas en este continente, estudios moleculares, filogenéticos y fisiológicos han revelado un vasto conjunto de grupos microbianos en él”.

Este conjunto de pequeñísimos seres vivos, compuesto por microorganismos nativos pero también por otros invasores introducidos por los seres humanos, tienen un libreto para cumplir: “Contribuyen al ciclo de nutrientes, intervienen en las redes tróficas, así como en la calidad del agua, el suelo y el aire”, entre otras cosas. “Tomados como un todo, tienen un rol como reguladores de los procesos del ecosistema”, dice la científica. Con semejantes tareas sobre sus pequeños hombros, es poco menos que un acto de justicia que el libro hable de ellos, ya sea describiendo los grupos de hongos, bacterias, cianobacterias, levaduras y virus antárticos y los hábitats en los que habitan, sus características y metabolismo, así como “las estrategias que utilizan para moldear el ambiente antártico”. Para ello, el libro tiene capítulos escritos por científicos e investigadores de Alemania, Argentina, Brasil, Estados Unidos, Italia, Japón, Nueva Zelanda, Singapur, Sudáfrica y, como no podía ser de otra forma, Uruguay, todos ellos países que tienen bases científicas en la Antártida.

Curiosidades para todos los gustos

El primer capítulo del libro, escrito por investigadores sudafricanos, podría generar perplejidad a quienes en verano se espantaron por las aguas verdes que les arruinaron las vacaciones. Titulado “Rol de Cyanobacteria en la ecología de los ambientes polares”, el texto nos recuerda algo que nunca deberíamos perder de vista: aunque nos moleste verlas en nuestros cursos de agua –por motivos repudiables, como el abuso de fósforo y nitrógeno de los fertilizantes agrícolas, pero también por los desechos que tiramos al agua cada vez que tiramos de la cisterna–, las cianobacterias son organismos que llevan millones de años en este planeta y sin los cuales, gracias a que aumentaron la cantidad de oxígeno en la atmósfera hace unos 2.500 millones de años, hoy no estaríamos aquí. Siendo tan antiguos –se sospecha que organismos como las cianobacterias les pasaron a las plantas la capacidad de llevar a cabo la fotosíntesis–, es evidente que tienen un lugar en los ecosistemas.

El continente helado no es la excepción, menos aun cuando los autores afirman que estos microorganismos “son la forma viva dominante de los ambientes terrestres antárticos”. Gracias a las cianobacterias, esos ambientes adquieren nutrientes, estabilizan el suelo y estructuran sus comunidades, al punto de que afirman que son “reguladores críticos del carbono y el nitrógeno y son esenciales para hacer que los nutrientes estén disponibles para los otros miembros de la comunidad asociados”. Es que con las bacterias y otros microorganismos importa tanto el qué como el dónde: así como en nuestro intestino sería imposible hacer la digestión sin muchas especies distintas de bacterias, y esas mismas bacterias en otras partes del cuerpo podrían enfermarnos gravemente, en el ambiente terrestre antártico las cianobacterias son tan imprescindibles como trágicas sus floraciones en los cursos de agua eutrofizados de Uruguay.

A pesar de que las bacterias son los organismos más numerosos en la Antártida, hay lugar para muchos otros. Silvana Vero, Gabriela Garmendia y Adalgisa Martínez, del laboratorio de Biotecnología del área de Microbiología de la Facultad de Química de la Udelar, son las autoras de un capítulo sobre las levaduras antárticas. Sí, las levaduras, que forman parte del reino de los hongos, están en la pizza, en el vino, en la cerveza, en nuestro cuerpo y también en el continente blanco, donde “están involucradas en el reciclado y la mineralización de la materia orgánica”, y juegan un “rol importante en el ciclo del carbono” y en el del nitrógeno. Es más: algunas de las levaduras antárticas tienen la capacidad de degradar compuestos contaminantes, así que las autoras las proponen como interesantes para “la biorremediación de los ambientes antárticos” estropeados por el ser humano.

Mientras que Vanesa Amarelle, Valentina Carrasco y Elena Fabiano, del IIBCE, nos invitan a asomarnos a “La vida oculta de las rocas antárticas” y nos recuerdan que la vida en este planeta es tan asombrosa como adaptable a las circunstancias más extremas, investigadores brasileños y compatriotas nos hablan de la asociación entre hongos marinos y macroalgas que, dado el calentamiento global, pueden verse perturbadas en un futuro cercano, por lo que se piensa en su conservación ex situ. Dado que en la Antártida sólo hay dos especies de plantas vasculares (Deschampsia antarctica y Colobanthus quitensis), también se toca el tema de cómo los microbios ayudan a su ecología y qué sucederá si las temperaturas siguen en ascenso. Lo mismo se estudia respecto de la estrecha relación entre bacterias, arqueas, levaduras y diatomeas con los invertebrados bentónicos antárticos, estudios que según los autores “aún están en su infancia”. ¡Si quedarán cosas para investigar en el continente blanco!

No dejarás continente sin alterar

El libro también abarca los cambios que el ser humano está ocasionando en el continente más austral. “Los cambios antropogénicos en la Antártida implican un serio cuestionamiento a la capacidad de las comunidades microbianas para responder al estrés ambiental en ese ambiente extremo y frágil”, afirman los investigadores italianos que estudian cómo responden los organismos procariotas –aquellos que no tienen núcleo celular– en la Antártida al calentamiento global. Científicos y científicas de Argentina y Alemania escriben sobre cómo, debido al incremento del turismo antártico y la presencia de bases, “se han detectado diferentes tipos y niveles de contaminación de suelos, sedimentos y aguas costeras, siendo los hidrocarburos derivados del petróleo los contaminantes principales”. Dado que por protocolos ambientales no pueden introducirse a la Antártida organismos de otros continentes ni aplicar métodos de limpieza disruptivos, los investigadores se proponen estudiar la población de bacterias nativas para esas tareas de biorremediación.

Juan Cristina, ex decano de la Facultad de Ciencias, virólogo y director de la Escuela de Verano de Iniciación a la Investigación Antártica, escribe un capítulo sobre los virus antárticos, centrándose en los virus ARN (que no tienen ADN). El tema es sumamente interesante, en primer lugar porque, como dice Cristina, “la infección con virus ARN de la fauna antártica es más significativa de lo que se había anticipado”, pero además porque allí hay algunos virus que podrían presentar cierto riesgo para la sanidad animal y humana.

Aprendiendo de los más chiquitos

El libro también se adentra en el fascinante mundo de cómo los pequeños microorganismos pueden ayudarnos, dado que son “potenciales fuentes genéticas para el desarrollo de productos biotecnológicos”. Como es posible que recuerden los lectores, Susana Castro y su equipo de investigación buscaron en los microorganismos antárticos una ayuda para combatir el daño que ocasiona en el ADN de nuestras células la exposición a altas radiaciones ultravioletas. Para ello, Castro, Juan José Marizcurrena y otros investigadores encontraron en las bacterias antárticas resistentes a la radiación ultravioleta genes que expresan fotoliasas y enzimas que ayudan a la reparación del ADN dañado, y los introdujeron en otros microorganismos para que los produzcan en abundancia; es lo que se conoce como “producción recombinante”. Las investigaciones dieron resultados, y el año pasado se anunció que estaban en proceso de patentar la producción de estas fotoliasas recombinantes para que sean usadas por las industrias farmacéuticas nacionales que deseen incluirlas en cremas protectoras solares a menor precio de lo que compran fotoliasas en el exterior. A modo de ejemplo, en el proyecto de su investigación, los autores informaban que un miligramo de fotoliasa recombinante cuesta en el mercado unos 2.000 dólares.

Pero la Antártida tiene un potencial mucho más vasto. Juan Marizcurrena, María Fernanda Cerdá, Diego Alem y la propia Castro, investigadores de la Facultad de Ciencias y del IIBCE, dedican un capítulo a los pigmentos de los microorganismos antárticos, y sobre su potencial uso recuerdan que entre 2007 y 2011 las ventas globales de pigmentos naturales aumentó 29%, alcanzando unos 600 millones de dólares, que son usados por las industrias de alimentos, fármacos, cosméticos y textiles. En las condiciones extremas de la Antártida, los organismos generan pigmentos que hoy o mañana podrían tener perspectivas comerciales, incluso para la fabricación de células solares, como es el caso del pigmento anaranjado extraído de Hymenobacter sp. Como puede concluirse tras leer el libro, ni todo en la Antártida es blanco ni es un continente deshabitado.

Publicación: “The Ecological Role of Micro-organisms in the Antarctic Environment”.
Editorial: Springer – Polar Sciences (2019).
Autor: Susana Castro Sowinski (editora).

Fuente: Leo Lagos, La Diaria.

XI SIMPOSIO INTERNACIONAL “TRANSICION ECOLOGICA, UN RETO COMPARTIDO”.

13/02/2019

XI SIMPOSIO INTERNACIONAL “TRANSICION ECOLOGICA, UN RETO COMPARTIDO“. Bajo el lema Gobernanza y Compromiso de la Gestión Ambiental.
La humanidad está superando los puntos de no retorno con sistemas basados en un crecimiento infinito en un planeta finito. Pasar de un modo de ser a otro que pueda garantizar un progreso más seguro, más justo, más duradero, es nuestro reto y es reto de todos.
El mismo se realizará el día 25 de abril del 2019 en la Sala Azul de la Intendencia Municipal “Dr. Aquiles Lanza” de Montevideo, entre las 13:00 y 18:30 horas, con dos Paneles principales, habiendo sido Declarado de Interés Nacional y con los auspicios de OEA, OEI, MEC,MIEM, MVOTMA entre otros Organismos. Sus dos ejes principales serán:
1) Gobernanza y desarrollo territorial. Problemáticas ambientales en el Ámbito urbano y rural.
2) Evaluación , gestión y control del riesgo ambiental
Temáticas tales como las transformaciones territoriales, el patrimonio geográfico, movilidad de la población, residuos, emisiones, pérdida de recursos naturales, amenazas, peligro natural y riesgo, vulnerabilidad, son algunos de los temas que destacados expertos abordaran para promover el intercambio de experiencias y debatir los temas relevantes, con el objetivo de socializar la información respecto a estudios e investigaciones pudiendo así identificar las prioridades y acelerar la Transición ecológica hacia la sostenibilidad que es nuestro reto.
Asunción 1306 of 902 E mail celade@montevideo.com.uy
Telefax 598-2 9243728 Cel.096048735 096 933394 Montevideo – Uruguay

NASA: la costa antártica está siendo arrasada por el cambio climático.

06/01/2019

A medida que los efectos del cambio climático penetran en el planeta, los glaciares de la Antártida oriental están siendo arrasados y están perdiendo hielo a un ritmo mucho más rápido de lo que se había previsto.
Un estudio reciente de la NASA, presentado esta semana en la Reunión de Otoño de la Unión Geofísica Americana (AGU, por sus siglas en inglés) en Washington, reveló que un grupo de glaciares que cubren una parte significativa de la Antártida Oriental ha estado perdiendo hielo a una velocidad nunca antes vista en la pasada década.

“El cambio no parece aleatorio sino sistemático”, dijo Alex Gardner, un glaciólogo del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA en California, en la conferencia de prensa de la AGU. “Ahora podríamos estar encontrando vínculos claros de que el océano está comenzando a influir en la Antártida Oriental”, agregó.

El monolítico glaciar Totten es de particular interés. Abarcando alrededor de 6.200 kilómetros cuadrados de hielo, el derretimiento de esta plataforma de hielo solo podría elevar los niveles del mar en más de 3.3 metros. Según la investigación, ahora está perdiendo masa constantemente debido al calentamiento de las temperaturas del mar, junto con cuatro grandes glaciares al oeste y una pequeña cantidad de pequeños glaciares al este.

“Totten es el glaciar más grande de la Antártida oriental, por lo que atrae la mayor parte de la atención de los investigadores”, agregó Catherine Walker, glacióloga del Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA. “Pero una vez que empiezas a preguntar qué más está sucediendo en esta región, resulta que otros glaciares cercanos están respondiendo de manera similar a Totten”, y eso es lo que muestra un proceso sistemático.

Crisis climática

Los glaciólogos también están bastante preocupados por el glaciar Thwaites de la Antártida Occidental, así comoel Larsen, que parecen estar colapsando en el mar a una velocidad alarmante.

Los hallazgos se basaron en imágenes satelitales detalladas de la NASA que rastrea los cambios en la elevación de la superficie de los glaciares. Los investigadores también combinaron esta información con simulaciones por computadora de la temperatura del océano y datos de mamíferos marinos etiquetados con sensores.

Todo esto podría agravar los efectos del cambio climático al alterar las temperaturas de los océanos, alterando mareas que viajan entre el norte y el sur del planeta y cambiando las condiciones en miles de ecosistemas en todo el mundo. Fuente: LaRed21